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Vengas cuando vengas, deja atrás el peso
quema las maletas, tira tu champú.
Tengas lo que tengas, dame lo que quieras
a plazos o en teras, como veas tu.
Hagas lo que hagas, hazlo porque quieres,
no pongo deberes y no paso lista.
Vistas como vistas, falda o pantalón,
no te me disfraces, para la ocasión.

No te quiero retener,
si te da el punto, te vas,
y aunque, me veas mirar,
baila como tú quieras bailar.

Vengas cuando vengas, ve sin salvavidas
sin paracaidas y sin afeitar.
Digas lo que digas, dilo sin sedante,
fuerte y al semblante,lo puedo encajar.
Haga lo que haga, que sea sincero,
sin quizás sin pero y si abalistas.
Vistas como vistas, seda o algodón,
no te me disfraces para al ocasión.

Vengas cuando vengas. El Kanka.

Para mi hija, Ona. Libertad, sinceridad, sensibilidad y mucho amor es lo que quiero darle y lo que quiero que reciba, para que ella misma pueda ofrecerlo cuando sea mayor.

Te queremos mucho, hijita.

 

Maternidad

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Hace 22 días mi marido y yo ingresábamos en el hospital para que me indujeran el parto. Pasaba ya de las 41 semanas, el bebé se estaba haciendo muy grande y yo apenas daba señales de ponerme de parto (salvo contracciones esporádicas) , por lo que los médicos decidieron no esperar. Era sábado. Me pusieron la tira de prostaglandinas (ayuda a dilatar el cuello del útero) y a esperar. Hacia las 3 de la tarde empecé a tener alguna molestia, y a las 5 las contracciones eran bastante molestas. Me pusieron las “correas” y me hicieron un tacto. Tenía contracciones, sí, pero apenas había dilatado.

A las 7 de la tarde empezó la fiesta de verdad. Las contracciones empezaban a dolerme tanto que ya no podía respirar bien. Apenas pude probar la cena y mi compañera de habitación me miraba con una mezcla de lástima y miedo; a ella le inducían su parto al día siguiente.

Me esperaban 5 horas de dolor insoportable, con contracciones cada 2 minutos o menos. Me llevaron a una habitación aparte para controlar la duración e intensidad de las contracciones. Me retiraron la tira de prostaglandinas y me avisaron que laa contracciones se reducirían, pero nada más lejos de la realidad. Empecé a gritar; el dolor era imposible de aguantar. Le imploré a mi marido que fuera a buscar a alguien, y al cabo de unos eternos minutos llegó el comadrón. Me hizo un tacto: estaba casi de 4 cm; iba a subir a paritorios. Eran las 12 de la noche. Llevaba 5 horas con contracciones “a palo seco”.

Estamos ya en los paritorios. Me cogen una vía y me preguntan cómo se va a llamar mi hija. Mientras tanto, viene el anestesista que me pondrá la epidural. Le aviso que tengo escoliosis. “Así tendré una historia que contar”, me dijo mientras sonreía. Me pone un anestésico y empieza a probar suerte con el catéter. No hay manera de acertar, mi columna es de las complicadas. A mi marido le cambiaba la tonalidad de la piel: de azul a blanco, y luego a amarillo. Tras 10 minutos pincha que te pincha, eureka: dimos con el hueco y me suministran la epidural. Uf, no hay color, ahora me siento mucho mejor.

Al cabo de una hora y media, ven que algo no va bien: con cada contracción, al bebé le bajan las pulsaciones de una manera escandalosa. Hacen un test de ph a la niña (me ahorraré los detalles del procedimiento) y por el momento todo bien, pero no podíamos esperar mucho tiempo.

6 am. Dilatación completa y parece que las pulsaciones del bebé están controladas. Estoy muy cansada, y desde la camilla veo salir el sol mientras me quedo dormida. Mi marido, vestido de verde, se ha dormido a mi lado, en una butaca. En breve probaremos con los pujos, pero surge un contratiempo: no tengo contracciones regulares. Me administran oxitocina y a esperar. Cuando empiezo a empujar, las pulsaciones del bebé vuelven a bajar a lo bestia. Consultan con el ginecólogo si se puede hacer un parto instrumentalizado (con fórceps y/o ventosa), pero al ver que las pulsaciones seguían en caída libre y llevaba casi 3 horas con dilatación completa, decide optar por cesárea. Estábamos al borde del sufrimiento fetal. Son las 8 de la mañana pasadas; llevábamos 13 horas de parto.

Me preparan para la cesárea y el anestesista me aplica doble dosis de anestesia a través del catéter de la epidural. Tengo un poco de miedo, para qué negarlo. Mientras me llevan en la camilla, veo cómo mi marido se va haciendo cada vez más pequeñito, hasta que entro en el quirófano. Estoy sola, tengo que ser valiente.

Le digo al anestesista que estoy muy nerviosa y empieza a darme conversación mientras empiezan a rodearme. Todo el mundo parece muy tranquilo, hecho que me relaja.

“¿Qué, cómo vas? ¿Notas algo? “Me pregunta el anestesista “Nada, estoy bien” “Estupendo, porque hace 10 minutos que han empezado ¿Ves como puedes fiarte de mi? ” Me quedo gratamente sorprendida y miro por el rabillo del ojo la lámpara que tengo sobre mi. Se ve todo. Cierro los ojos y una enfermera me coge de la mano y me aprieta fuerte. Esa mujer nunca sabrá lo que me ayudó ese simple apretón de manos.

De repente, un tirón. Empiezo a escuchar un llanto “¿Oyes eso? Es tu hija ¡Y eso que aún no la han sacado del todo!”

Otro tirón, esta vez mucho más fuerte. Ahora sí, el llanto es atronador “Ya está aquí tu hija. Está perfecta” Al cabo de unos segundos, me la enseñan. Me quedo con los ojos como platos. Quiero llorar, pero no me sale. La toco; está muy pringosa. Mientras, la operación acaba y no me doy cuenta. Ona ha nacido a las 8:30 de la mañana del 4 de diciembre. Un domingo, como yo. Nace con una vuelta del cordón umbilical al cuello; se ahogaba con cada contracción, con cada pujo. Además, queda patente que su perímetro craneal era demasiado grande para que pasara por mi pelvis. La cesárea era inevitable.

Me llevan a la sala de partos, donde me encuentro a mi marido, sin camiseta, con nuestra hija en su pecho. Me bajan el camisón y me la ponen encima. En seguida se pone a mamar.

Estamos agotados y, nada más subir a la habitación, los tres nos quedamos dormidos. La aventura no ha hecho más que empezar.

Hoy hace 23 días que Ona está con nosotros. A veces la miro y me cuesta creer que es mi hija; hace menos de un mes estaba en mi tripa y, tras el durísimo parto que acabo de contaros, está aquí. Por ahora sólo puedo decir que me siento muy orgullosa de lo fuerte que ambas fuimos durante todas esas horas y que ese sufrimiento ha merecido muchísimo la pena.

M.

A mi abuelo

El pasado lunes se marchó mi abuelo, con 92 años. A continuación reproduzco el texto que leí en la misa (lo he traducido al castellano, allí lo leí en catalán). Quienes me conocen saben que pisar una iglesia me da dentera, pero escribir esto y decirlo ese día era lo menos que podía hacer por él. Mi pequeño homenaje.

 

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Hay mucha gente aquí hoy. Seguramente solo algunos de ellos te conocían lo suficientemente bien, pero no era nada difícil que cayeras bien a todo el mundo. De todas formes, no eres mucho de hablar de ti mismo. Únicamente te mostrabas en pequeñas ráfagas, breves comentarios, recordando tiempos pasados. Eran tus acciones las que hablaban de ti. A mí me bastaba eso. Escucharte contando historia de otros mientras comías unas almendras ya me daba unas pinceladas de ti mismo.

Digo estas palabras mientras pienso cómo eres de joven. Me han hablado de ti muchas veces: enérgico, gritón, con genio, amante del Trabajo bien hecho… Te imagino, yendo cuarenta o cincuenta años atrás, en la Puerta de tu tienda vigilando, como un cowboy, tus dominios, y procurando aprovechar cada hora del día.

Si había alguna cosa que te diera miedo, sé bien que era dejar de ser útil. Dejar de ser libre, autónomo. Nunca te habría imaginado con miedo a nada pero, detrás de tus intentos por hacer tu vida solo, casi de forma obstinada, se podía intuir aquel miedo. Hay personas que, al llegar estos momentos, se dejarían llevar. Pero tú no.

Tal vez no nos dijimos muchas veces que nos queríamos, pero tú y yo nunca hemos sido de aparentar y quedar bien. Cuando hablábamos por teléfono, yo ciertamente ya sabía que me querías y tú ya sabías que yo pensaba en ti. No eran necesarios los juegos de artificio ni las florituras, no nos hacía falta demostrar nada a los demás. Por eso, no digo estas palabras para todos los que están aquí hoy. Las digo por ti, porque sé que te gustaría mucho escucharlas, y las digo por mí. Por nosotros, para siempre.

 

Te quiero mucho, abuelo.

 

M.

¿Qué nos está pasando?

No, en serio…

Últimamente (no sé si tiene que ver con que voy a ser madre) estoy asistiendo a escenas de cómo las personas que conformamos la sociedad nos vamos individualizando, destruyendo las comunidades y las tribus que en su tiempo crearon nuestros padres y abuelos. Antes, la idea de comunidad estaba fuertemente arraigada; la gente se reunía para crear cosas, para llevar a cabo diversas actividades (desde organizar cenas hasta cuidar a los churumbeles en comandita). Ahora, si no hay una beneficio, no nos juntamos. Y ni siquiera eso.

Parece que las personas lo queremos todo fácil, rapidito y sin complicaciones. Quiero organizar una actividad y dar salida a una inquietud personal, artística o de entretenimiento, pero lo quiero sin esfuerzos, sin poner de mi parte y que me aporte beneficios y resultados inmediatos. A la mínima que deba mover un solo dedo, ya no me gusta y me voy a mi cuarto a publicar un post en Facebook en el que me quejo que de todo.

Sí, las cosas están bastante peliagudas. No voy a valorar en este post cuál es la situación que tenemos en estos momentos; tal vez lo haga en otra entrada y, además, creo que más o menos estamos todos enterados. Precisamente por esto, ahora es el momento perfecto para unirnos, hacer comunidad, simplificar nuestra vida y emplear el apoyo mutuo para depender cada vez menos del sistema del que tanto protestamos.

Pero no, es más cómodo el mínimo esfuerzo, dejarse llevar por la corriente de la mayoría y seguir creyéndonos esa falsa ilusión de que empleamos las herramientas del sistema a nuestro antojo, cuando es el sistema quien nos emplea a nosotros.

Pero eh, todo bien. Sigamos centrados en nuestras burbujas de cristal, en nuestros diminutos mundos protestando, pero sin hacer nada por cambiar. Sigamos sin crear nada; es más, eliminemos poco a poco las pocas raíces comunitarias que nos quedan. No miremos a nuestro alrededor. Desestructuremos aún más nuestra sociedad, ayudemos a nuestro sistema a destruir la sociedad.

 

M.

Antes te atrevías a estar siempre aquí, en mi vida, entre mis cosas. Callada, casi invisible, pero con ese rastro de perfume de golosinas, ese dulce aroma que todavía me viene a la cabeza cuando, entre mis papeles, descubro notas con tu letra. Esos días calurosos, buscando nubes en el cielo que tuvieran forma de corazón. Esas tardes tirados en el suelo, buscando el frío de las baldosas. Esas noches de cerveza y rosas.

Siempre te vi como la inalcanzable; aunque te tuviera entre mis brazos, aunque mi cuerpo se juntara con el tuyo, siempre intuí que nunca serías para mi. Estás hecha de esa pasta que no se moldea con facilidad, y tus ojos siempre buscan aquello que no ven. Entre mis sábanas fuimos felices, pero yo ya sabía que algún día te marcharías. Cogerías tus sandalias, te harías un moño en el pelo y, con mirada triste pero decidida, me dirías adiós.

¿Y qué podía hacer yo?

Observarte, pasar mis sueños borracho, pensando que el destino no es lo que parece, y que mi camino y el tuyo no estuvieron hechos para cruzarte.

Sin embargo, nunca llegaste a marcharte del todo. No porque no quisieras, sino porque la vida se empeña en mostrarme tu presente, como si me asomara a una ventana. Y ahí estás, libre, fuerte, insolente, tozuda y un poco malhablada.

Y yo procuro mantener mi compostura de hombre serio y leal. Ya no te quiero, pero a veces me descubro pensando qué pasaría ahora si todavía te quisiera. Qué sucedería si todavía te contemplara con tristeza y anhelo, con nostalgia y melancolía.

Ya no siento nada de todo eso, pero a veces me pregunto cómo sería tenerte aún en mi corazón.

Todavía estás aquí, no te has ido del todo. Pero cada vez estás más lejos. Es porque yo quiero; ya no te siento como antes y la incertidumbre es amiga de las dudas e inseguridades.

Pero qué suerte tienen los que te sienten.

Chau, pequeña esperanza conservada en un tarro de cristal. Fue bonito mientras duró.

Ser valientes

… Porque ser valiente no es sólo cuestión de suerte
Vetusta Morla.

Este mundo en el que vivimos está completamente descolocado. De hecho, tal vez haya sido siempre así, pero cuando uno se hace mayor se da cuenta de repente. Cuando alcanzas ciertos niveles de madurez, parece que la vida te obliga a posicionarte, a encajonarte en una categoría y moverte en una u otra dirección. Es entonces cuando se toman decisiones, más o menos acertadas o equivocadas, que hacen que las cosas se precipiten hacia un camino concreto.

Parece ser que nos han enseñado a no saber dar la cara cuando cometemos un error. Parece que revolverse ante uno mismo o ante el otro ante una equivocación es mucho mejor que mirarse al espejo, coger aire y decir “me he equivocado”. Es como si los valientes fueran los que te señalan con el dedo, te sueltan cuatro tacos y luego huyen.

Luego está la cuestión de los principios, la coherencia y el sentido común. Aquí cada uno tiene los suyos, claro está, y no se trata de entrar a valorar cuáles son los buenos y cuáles no. La clave está en aquellas personas que deciden vivir acorde a unos principios y una ideología y no la aparcan ante cantos de sirena que incitan a la uniformidad y el conformismo. Estas personas, ante una injusticia, gritan, se revuelven, se expresan sin cortapisas, hablan sin miedo de lo que puedan decir de ellos, se manifiestan. Porque por encima de nuestras consideraciones personales acerca de lo que es “justo”, están todo ese conjunto de valores y derechos que a todos nos han enseñado (o así debería haber sido). La igualdad de todas las personas; la no discriminación; no creernos superiores por motivos de raza, sexo, religión o ideología; el derecho a la opinión pública y un largo etcétera, conforman este conjunto de ideas con lo que todos podemos estar de acuerdo. Si alguno de estos derechos se viola, es nuestra obligación hacer una denuncia a viva voz. Eso, en teoría, no es de ser valientes, sino de personas normales. Pero cuando una caterva de personas con las mentes uniformadas se dedica a apuntarte como si fueras tú el que ha cometido el atropello, la denuncia se convierte casi en un acto temerario.

La coherencia y el sentido común no permiten hablar y no actuar. No se puede estar en contra del cambio climático y no hacer nada al respecto. No es permisible lamentar el mundo en el que vivimos y seguir esperando, con agresivo conformismo, a que las cosas cambie como por arte de birlibirloque. Ahora ser valiente es llevar a cabo acciones, con ilusión optimismo y decisión.

En mi caso en concreto, la vida, los libros y no sé qué cosas más me han llevado a tener muy clara mi ideología y mi manera de pensar ante según que planteamientos. Lo cierto es que me siento muy orgullosa de ello y, sin hacer proselitismo, intento cambiar las cosas a mi manera. Me gustan las utopías, aunque a mí me parezcan mucho más realizables que la gran mayoría de planteamientos actuales. Soy valiente para muchas cosas y cobarde para muchas otras más, y mi día a día tiene siempre un momentito en el que reflexiono acerca de lo que puede estar en mis manos para mejorar aquello que me rodea.

La valentía no es una cualidad que se sortee en una tómbola de feria. Es algo que se ejercita a base de golpes, de palos y tropezones. Siempre van a doler, pero cuando la realidad es tan aberrante y violenta, duele más la mala conciencia de no hacer nada. Los hay indolentes, claro, pero eso es ya otra historia.

 

M.

Regresos

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Tenía esto un poco abandonado. Lo sé y no he dejado de repetírmelo a lo largo de todas estas semanas. Sin embargo, ni mi cabeza ni mi cuerpo estaban preparados para retomar el hábito de escribir. Han pasado muchas cosas estos dos últimos meses que me han obligado a poner el corazón en otros asuntos: viajes frustrados, huesos rotos (no los míos), la despedida de una compañera de vida y nuevos proyectos de futuro. Todo ello me obligo a hacer un parón temporal, coger aire, lamerme las heridas y tomar impulso para seguir adelante.

Ahora que ya todo está mejor y parece que las aguas siguen su cauce habitual, vuelvo a leer y a escribir, con muchas ganas de retomar viejas ideas y plasmar las nuevas.

El caso es que ya estoy aquí de nuevo, abriendo puertas y ventanas para que se vaya el olor a cerrado de mi casa.

M.