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Hace unos meses conocí el proyecto de Mamá Eco, una revista online gratuita que gestiona y edita una madre vegana. Vi los ejemplares y me gustaron mucho. Contacté con ella, hablamos y fruto de ese contacto ha nacido mi colaboración en el número del mes de junio. En él hablo de mi experiencia como vegana durante el embarazo y qué hay que tener en cuenta para llevar un embarazo saludable sin ningún tipo de problemas. Aquí os dejo el enlace directo a la revista para que le echéis un vistazo, porque es una verdadera cucada. Me ha hecho mucha ilusión colaborar con ella y espero que sea la primera aportación de muchas 🙂

 

https://mamaecoblog.files.wordpress.com/2017/06/images.pdf

Ella.

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Realidades.

Parece mentira cómo puede cambiar la vida en tan poco tiempo. De repente, la vida me enseña, a través de una ventana, preocupándome de cosas por las que no me habría podido ni imaginar hace unos meses. Así son las cosas: el tiempo te da una bofetada de realidad y aprendes a priorizar sobre la marcha. Las chorradas desaparecen de la lista de cosas que te importan. Las personas con las que antes podías pelearte, ahora ni aparecen por tu mente. No hay tiempo, ni ganas. Mis manos y mis pensamientos están en otros menesteres: querer más, quererme más, ser mejor persona, seguir formándome, seguir creciendo profesional y personalmente, ser una buena madre y cuidar y querer a mi compañero de viaje. No quiero tener tiempo para nada más.

Hace años y a causa de un accidente de tráfico casi me mato. Faltó un pelo. Los médicos no daban un duro por mí; estaban preparando los papeles para mi autopsia mientras una enfermera me ponía los calmantes. Sé lo que es estar a punto de perderlo todo, pero aún así no acabé de aprender a ordenar las cosas como tocan. Ahora, de repente, todo me parece mucho más sencillo. Todo es más simple. Las bocanadas de aire me llenan más y ya no tengo ese ansia de querer estar en todas partes. Todo es natural, sin falsedades.

En este punto estoy ahora. Si os gusta, estáis invitadas a tomar un café en el salón de mi casa; prometo algunas risas y mucha paz. Si no os gusta, sigamos por nuestros respectivos caminos. Lo de pretender agradar a todos está fuera de mi lista.

 

Vengas cuando vengas, deja atrás el peso
quema las maletas, tira tu champú.
Tengas lo que tengas, dame lo que quieras
a plazos o en teras, como veas tu.
Hagas lo que hagas, hazlo porque quieres,
no pongo deberes y no paso lista.
Vistas como vistas, falda o pantalón,
no te me disfraces, para la ocasión.

No te quiero retener,
si te da el punto, te vas,
y aunque, me veas mirar,
baila como tú quieras bailar.

Vengas cuando vengas, ve sin salvavidas
sin paracaidas y sin afeitar.
Digas lo que digas, dilo sin sedante,
fuerte y al semblante,lo puedo encajar.
Haga lo que haga, que sea sincero,
sin quizás sin pero y si abalistas.
Vistas como vistas, seda o algodón,
no te me disfraces para al ocasión.

Vengas cuando vengas. El Kanka.

Para mi hija, Ona. Libertad, sinceridad, sensibilidad y mucho amor es lo que quiero darle y lo que quiero que reciba, para que ella misma pueda ofrecerlo cuando sea mayor.

Te queremos mucho, hijita.

 

Maternidad

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Hace 22 días mi marido y yo ingresábamos en el hospital para que me indujeran el parto. Pasaba ya de las 41 semanas, el bebé se estaba haciendo muy grande y yo apenas daba señales de ponerme de parto (salvo contracciones esporádicas) , por lo que los médicos decidieron no esperar. Era sábado. Me pusieron la tira de prostaglandinas (ayuda a dilatar el cuello del útero) y a esperar. Hacia las 3 de la tarde empecé a tener alguna molestia, y a las 5 las contracciones eran bastante molestas. Me pusieron las “correas” y me hicieron un tacto. Tenía contracciones, sí, pero apenas había dilatado.

A las 7 de la tarde empezó la fiesta de verdad. Las contracciones empezaban a dolerme tanto que ya no podía respirar bien. Apenas pude probar la cena y mi compañera de habitación me miraba con una mezcla de lástima y miedo; a ella le inducían su parto al día siguiente.

Me esperaban 5 horas de dolor insoportable, con contracciones cada 2 minutos o menos. Me llevaron a una habitación aparte para controlar la duración e intensidad de las contracciones. Me retiraron la tira de prostaglandinas y me avisaron que laa contracciones se reducirían, pero nada más lejos de la realidad. Empecé a gritar; el dolor era imposible de aguantar. Le imploré a mi marido que fuera a buscar a alguien, y al cabo de unos eternos minutos llegó el comadrón. Me hizo un tacto: estaba casi de 4 cm; iba a subir a paritorios. Eran las 12 de la noche. Llevaba 5 horas con contracciones “a palo seco”.

Estamos ya en los paritorios. Me cogen una vía y me preguntan cómo se va a llamar mi hija. Mientras tanto, viene el anestesista que me pondrá la epidural. Le aviso que tengo escoliosis. “Así tendré una historia que contar”, me dijo mientras sonreía. Me pone un anestésico y empieza a probar suerte con el catéter. No hay manera de acertar, mi columna es de las complicadas. A mi marido le cambiaba la tonalidad de la piel: de azul a blanco, y luego a amarillo. Tras 10 minutos pincha que te pincha, eureka: dimos con el hueco y me suministran la epidural. Uf, no hay color, ahora me siento mucho mejor.

Al cabo de una hora y media, ven que algo no va bien: con cada contracción, al bebé le bajan las pulsaciones de una manera escandalosa. Hacen un test de ph a la niña (me ahorraré los detalles del procedimiento) y por el momento todo bien, pero no podíamos esperar mucho tiempo.

6 am. Dilatación completa y parece que las pulsaciones del bebé están controladas. Estoy muy cansada, y desde la camilla veo salir el sol mientras me quedo dormida. Mi marido, vestido de verde, se ha dormido a mi lado, en una butaca. En breve probaremos con los pujos, pero surge un contratiempo: no tengo contracciones regulares. Me administran oxitocina y a esperar. Cuando empiezo a empujar, las pulsaciones del bebé vuelven a bajar a lo bestia. Consultan con el ginecólogo si se puede hacer un parto instrumentalizado (con fórceps y/o ventosa), pero al ver que las pulsaciones seguían en caída libre y llevaba casi 3 horas con dilatación completa, decide optar por cesárea. Estábamos al borde del sufrimiento fetal. Son las 8 de la mañana pasadas; llevábamos 13 horas de parto.

Me preparan para la cesárea y el anestesista me aplica doble dosis de anestesia a través del catéter de la epidural. Tengo un poco de miedo, para qué negarlo. Mientras me llevan en la camilla, veo cómo mi marido se va haciendo cada vez más pequeñito, hasta que entro en el quirófano. Estoy sola, tengo que ser valiente.

Le digo al anestesista que estoy muy nerviosa y empieza a darme conversación mientras empiezan a rodearme. Todo el mundo parece muy tranquilo, hecho que me relaja.

“¿Qué, cómo vas? ¿Notas algo? “Me pregunta el anestesista “Nada, estoy bien” “Estupendo, porque hace 10 minutos que han empezado ¿Ves como puedes fiarte de mi? ” Me quedo gratamente sorprendida y miro por el rabillo del ojo la lámpara que tengo sobre mi. Se ve todo. Cierro los ojos y una enfermera me coge de la mano y me aprieta fuerte. Esa mujer nunca sabrá lo que me ayudó ese simple apretón de manos.

De repente, un tirón. Empiezo a escuchar un llanto “¿Oyes eso? Es tu hija ¡Y eso que aún no la han sacado del todo!”

Otro tirón, esta vez mucho más fuerte. Ahora sí, el llanto es atronador “Ya está aquí tu hija. Está perfecta” Al cabo de unos segundos, me la enseñan. Me quedo con los ojos como platos. Quiero llorar, pero no me sale. La toco; está muy pringosa. Mientras, la operación acaba y no me doy cuenta. Ona ha nacido a las 8:30 de la mañana del 4 de diciembre. Un domingo, como yo. Nace con una vuelta del cordón umbilical al cuello; se ahogaba con cada contracción, con cada pujo. Además, queda patente que su perímetro craneal era demasiado grande para que pasara por mi pelvis. La cesárea era inevitable.

Me llevan a la sala de partos, donde me encuentro a mi marido, sin camiseta, con nuestra hija en su pecho. Me bajan el camisón y me la ponen encima. En seguida se pone a mamar.

Estamos agotados y, nada más subir a la habitación, los tres nos quedamos dormidos. La aventura no ha hecho más que empezar.

Hoy hace 23 días que Ona está con nosotros. A veces la miro y me cuesta creer que es mi hija; hace menos de un mes estaba en mi tripa y, tras el durísimo parto que acabo de contaros, está aquí. Por ahora sólo puedo decir que me siento muy orgullosa de lo fuerte que ambas fuimos durante todas esas horas y que ese sufrimiento ha merecido muchísimo la pena.

M.

A mi abuelo

El pasado lunes se marchó mi abuelo, con 92 años. A continuación reproduzco el texto que leí en la misa (lo he traducido al castellano, allí lo leí en catalán). Quienes me conocen saben que pisar una iglesia me da dentera, pero escribir esto y decirlo ese día era lo menos que podía hacer por él. Mi pequeño homenaje.

 

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Hay mucha gente aquí hoy. Seguramente solo algunos de ellos te conocían lo suficientemente bien, pero no era nada difícil que cayeras bien a todo el mundo. De todas formes, no eres mucho de hablar de ti mismo. Únicamente te mostrabas en pequeñas ráfagas, breves comentarios, recordando tiempos pasados. Eran tus acciones las que hablaban de ti. A mí me bastaba eso. Escucharte contando historia de otros mientras comías unas almendras ya me daba unas pinceladas de ti mismo.

Digo estas palabras mientras pienso cómo eres de joven. Me han hablado de ti muchas veces: enérgico, gritón, con genio, amante del Trabajo bien hecho… Te imagino, yendo cuarenta o cincuenta años atrás, en la Puerta de tu tienda vigilando, como un cowboy, tus dominios, y procurando aprovechar cada hora del día.

Si había alguna cosa que te diera miedo, sé bien que era dejar de ser útil. Dejar de ser libre, autónomo. Nunca te habría imaginado con miedo a nada pero, detrás de tus intentos por hacer tu vida solo, casi de forma obstinada, se podía intuir aquel miedo. Hay personas que, al llegar estos momentos, se dejarían llevar. Pero tú no.

Tal vez no nos dijimos muchas veces que nos queríamos, pero tú y yo nunca hemos sido de aparentar y quedar bien. Cuando hablábamos por teléfono, yo ciertamente ya sabía que me querías y tú ya sabías que yo pensaba en ti. No eran necesarios los juegos de artificio ni las florituras, no nos hacía falta demostrar nada a los demás. Por eso, no digo estas palabras para todos los que están aquí hoy. Las digo por ti, porque sé que te gustaría mucho escucharlas, y las digo por mí. Por nosotros, para siempre.

 

Te quiero mucho, abuelo.

 

M.

¿Qué nos está pasando?

No, en serio…

Últimamente (no sé si tiene que ver con que voy a ser madre) estoy asistiendo a escenas de cómo las personas que conformamos la sociedad nos vamos individualizando, destruyendo las comunidades y las tribus que en su tiempo crearon nuestros padres y abuelos. Antes, la idea de comunidad estaba fuertemente arraigada; la gente se reunía para crear cosas, para llevar a cabo diversas actividades (desde organizar cenas hasta cuidar a los churumbeles en comandita). Ahora, si no hay una beneficio, no nos juntamos. Y ni siquiera eso.

Parece que las personas lo queremos todo fácil, rapidito y sin complicaciones. Quiero organizar una actividad y dar salida a una inquietud personal, artística o de entretenimiento, pero lo quiero sin esfuerzos, sin poner de mi parte y que me aporte beneficios y resultados inmediatos. A la mínima que deba mover un solo dedo, ya no me gusta y me voy a mi cuarto a publicar un post en Facebook en el que me quejo que de todo.

Sí, las cosas están bastante peliagudas. No voy a valorar en este post cuál es la situación que tenemos en estos momentos; tal vez lo haga en otra entrada y, además, creo que más o menos estamos todos enterados. Precisamente por esto, ahora es el momento perfecto para unirnos, hacer comunidad, simplificar nuestra vida y emplear el apoyo mutuo para depender cada vez menos del sistema del que tanto protestamos.

Pero no, es más cómodo el mínimo esfuerzo, dejarse llevar por la corriente de la mayoría y seguir creyéndonos esa falsa ilusión de que empleamos las herramientas del sistema a nuestro antojo, cuando es el sistema quien nos emplea a nosotros.

Pero eh, todo bien. Sigamos centrados en nuestras burbujas de cristal, en nuestros diminutos mundos protestando, pero sin hacer nada por cambiar. Sigamos sin crear nada; es más, eliminemos poco a poco las pocas raíces comunitarias que nos quedan. No miremos a nuestro alrededor. Desestructuremos aún más nuestra sociedad, ayudemos a nuestro sistema a destruir la sociedad.

 

M.